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La violencia no es un juego

La cabeza de Gabriela rebotaba en la ventana del taxi, su novio le propinaba una cachetada tras otra. El taxista seguía conduciendo sin mostrar el menor indicio de querer mediar en lo que era algo más que una discusión entre adolescentes. EL 29 de noviembre de 2007, después de haber coreado las canciones de Soda Stereo, Gabriela, de quince años, regresaba a su casa con Jesús, de diecisiete años, cuando se produjo la pelea: él pensaba que Gabriela le había sido infiel. “Él se iba a quedar a dormir en al apartamento porque salimos muy tarde pero en el taxi comenzamos a discutir”.

Cuando llegaron al estacionamiento del edificio, Jesús estaba descontrolado; cuando se le acabó el repertorio de gritos e insultos, cual felino salvaje, mordió con fuerza el cachete de Gabriela. Ni el cigarro que encendió para tratar de calmarse, le sirvió. La necesidad por manifestar su rabia lo condujo, de nuevo, a la cara de Gabriela: le estrujó el cigarro, pero ni eso apagó su ira.

Por Freya León
 

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